El ADN Gen Z atraviesa cada imagen. No hay rigidez, no hay reglas claras. Hay mezcla de códigos: lo femenino y lo rudo, lo infantil y lo sexual, lo digital y lo orgánico. La identidad no es fija, es editable. Cada look parece un archivo abierto.
Y ahí aparece el eco Y2K: brillos plásticos, transparencias, styling fragmentado, referencias que parecen sacadas de un internet temprano pero reconfiguradas desde el presente. No es nostalgia, es reciclaje cultural con nueva intención.
Pero sobre todo, esto es vivir en CDMX.
Una ciudad donde el caos es sistema, donde lo público y lo íntimo se cruzan constantemente. Donde un parque puede ser pasarela, refugio, o escenario. Donde el ruido visual no se corrige, se celebra.