Producción, foto, video & dirección creativa: Gerardo Sierra
Dirección de casting & de entrevistas: Osvaldo Padilla
Arte backdrop: Kenny Denile & Gestoxierra
Asistente de producción y crónica vivencial: Nicoletta Luna

Porque existimos: una reflexión sobre la visibilidad

A nivel global, la conmemoración del Orgullo tiene su origen en la revuelta de Stonewall Inn, ocurrida en junio de 1969 en la ciudad de Nueva York. Aquella respuesta de personas trans, homosexuales, racializadas y otros integrantes de la diversidad sexual frente a la violencia policial marcó el inicio del movimiento contemporáneo por los derechos LGBTQ+. En México, ese impulso encontró eco años después con la primera Marcha del Orgullo, realizada el 29 de junio de 1979 en la Ciudad de México. Desde entonces, el movimiento ha evolucionado constantemente: desde la creación de la bandera arcoíris por Gilbert Baker en 1978 hasta una representación cada vez más amplia de las distintas identidades que hoy conforman la comunidad LGBTQ+.

Gracias a esa historia se han conquistado avances importantes. Sin embargo, las expresiones de rechazo, discriminación y violencia siguen presentes en distintos ámbitos de la sociedad. Marchar continúa siendo una forma de recordar que la igualdad aún no es una realidad para todas las personas.

Precisamente ahí surge una de las mayores contradicciones del Mes del Orgullo. Mientras el movimiento busca que la diversidad deje de percibirse como algo excepcional, numerosas empresas y figuras públicas la convierten en una estrategia temporal. Durante junio abundan los logotipos con los colores del arcoíris y los mensajes de apoyo; terminado el mes, ese respaldo suele desaparecer. Este fenómeno, conocido como rainbow washing, transforma una lucha histórica por los derechos humanos en una campaña publicitaria que muchas veces deja en segundo plano los desafíos que la comunidad enfrenta durante el resto del año.

Mi más reciente acercamiento con la comunidad LGBTQ+ surgió a partir de la oportunidad que tuve de conocer la creatividad de Gerardo Sierra, quien me abrió las puertas para observar este movimiento desde una perspectiva que va mucho más allá de una celebración temporal o de la apropiación comercial del Pride. Su lente y su propuesta visual actúan como un recordatorio de lo que realmente importa: la resistencia a ser borrados, la dignidad de existir, la importancia de alzar la voz y, principalmente, la visibilidad.

Hasta ese momento, entendía la visibilidad como la cualidad de algo que puede ser visto o percibido. Sin embargo, después de esta experiencia, ese concepto adquirió un significado completamente distinto.

Durante la sesión se invitó a personas provenientes de distintos contextos, profesiones e historias a compartir parte de su experiencia para posteriormente ser fotografiadas y entrevistadas bajo las mismas condiciones y en el mismo espacio. Sin embargo, el resultado nunca fue el mismo. Cada participante decidió presentarse de una manera distinta: a través de su ropa, sus gestos, su postura, su tono, su mirada y la forma en que habitó el espacio frente a la cámara. Algunas personas eligieron producirse especialmente para el retrato; otras prefirieron presentarse tal como son en su día a día. Ninguna decisión fue más válida que la otra.

Observar ese contraste me hizo cuestionar la facilidad con la que solemos hablar de «la comunidad LGBTQ+» como si se tratara de un grupo homogéneo, cuando en realidad está conformada por personas tan distintas entre sí como cualquier otro sector de la sociedad. Cada una vive su autenticidad de una manera única, y entendí que la visibilidad no existe por pertenecer a una comunidad, sino porque existes y porque tu voz merece ser escuchada.

Esa fue, quizá, la mayor enseñanza que me dejó este proyecto. La diversidad no es exclusiva de una comunidad; es una condición inherente al ser humano. Cada persona posee una historia, una personalidad y una manera única de vivir su identidad. No se busca construir una imagen idealizada del Orgullo, porque va mucho más allá de los colores, las tendencias y los estereotipos. Se trata de mostrar precisamente esa pluralidad que muchas veces queda oculta detrás de las etiquetas o de las campañas comerciales.

Tal vez ese sea el verdadero propósito del Mes del Orgullo: no convertir la diversidad en un acontecimiento anual, sino recordarnos que siempre ha estado presente. El mayor triunfo llegará cuando la visibilidad deje de ser un acto de resistencia y se convierta, simplemente, en una realidad cotidiana.

Después de vivir este proyecto, entendí que la visibilidad no consiste únicamente en ser visto. Consiste en tener el espacio para existir con autenticidad, sin tener que justificar quién eres. Quizá ahí comienza el verdadero orgullo.