Por Gerardo Sierra.

Hoy celebramos el día de la independencia de nuestro país, uno de los días más importantes de nuestra patria en donde, antes, nos juntábamos con familiares y amigos para celebrar la felicidad de ser mexicano, el orgullo de traer el “nopal en la frente”, de ser los primeros en hacer burla de la tragedia, de tirar carrilla, de hacernos notar por todos los matices de nuestro México: gastronomía, arte, pasión, calidez, productos, negocios, talentos, obras, etc… Pero ahora se siente diferente. Más allá del gobierno que tenemos ahora, elegido desde la desesperación y la esperanza de un cambio drástico, es un México que se quiebra como mazapán pero se junta por su pueblo, por nosotros, los que queremos cuidar de nuestros familiares, que queremos volver a trabajar como antes, que tenemos la esperanza de una era post COVID en la que podamos ver a gente con gusto y abrazarnos sin miedo a morir o llevar la muerte a nuestros hogares. Los mexicanos somos de dar abrazos, beso en el cachete, estar uno al lado del otro sin miedo a que rompan el espacio personal como se vivía en el metro o en el transporte público de tu elección; somos los que queremos ser cálidos con quien se acerque a nuestra mesa, conocer más historias de la gente que viene a conocer nuestros mundos. Todo eso está en pausa, pero los que no han respetado esa pausa están pagando las consecuencias en casa y es algo que nos está debilitando fuertemente.

Tenemos uno de los países más ricos en cultura, en arte, en propuesta y en promesas de talentos… también es uno de los países que menos conciencia tiene sobre la realidad en la que vivimos, una que vino a cambiar nuestras vidas por completo: el COVID-19. Estamos en septiembre y vemos cada vez más casos que se van acercando a nuestros núcleos familiares, amistosos y laborales; la gente sigue sus vidas pensando que ya la libraron y aún no hay una cura para este virus que trajo una catástrofe para todo el mundo.

Si algo sabemos del orgullo de ser mexicanos es que no nos detenemos por nada ni por nadie, los terremotos, ciclones, caídas del peso, gobiernos corruptos y más no han podido con la esencia del mexicano, del que por sus huevos vence cualquier adversidad, que se une al vecino para salir adelante. Una de las cosas más hermosas que hemos notado en este tiempo de cuidado es cómo el mexicano ha ido ayudando a su propia gente a través del consumo local, del apoyo al artista independiente, al diseñador que perdió todo y reformó su marca para vivir de ella, a los que tenían grandes proyectos que daban buena entrada y decidieron hacer algo por lo que no tienen, a los padres de familia que dejaron atrás daños del pasado para integrarse de nuevo con sus familias y ayudarlas, a los amigos Godínez que perdieron su trabajo y los emprendedores buscaron la forma de tenderles la mano. Esto y más es lo que vemos como una gran luz en este tiempo de penumbras en donde muchos están perdiendo familiares, esperanzas, negocios, sueños, etcétera y que están incluso cambiando de rumbo porque se están permitiendo entender cómo no todo se basa en los ideales que nos inyectaron desde pequeños, que no tenemos que ser el orgullo de alguien más si no fieles a nosotros mismos.

Hay familias que se terminaron de quebrar en estos casi 7 meses pero que a su forma han ido sanando sus relaciones, amistades que ya no son las mismas y personas del pasado que regresan con nuevos ojos, con diferentes semblantes, personas nuevas que han llegado a nuestras vidas que han cambiado nuestras vidas desde el amor y entendimiento, talentos olvidados que llegaron a sanar almas y mucho más. Este México lo conocíamos fraccionado por gremio, por mundo, por oficio, por alcances, por seguidores, por apariencias, por estatus, por pertenencia, porque era diferente; ahora lo conocemos unido. Este México es diferente, no es el que se ha levantado de escombros ni de caídas económicas, es un México que ve por sí mismo, por su gente y lo demás lo manda al carajo. Puede que sea una pésima decisión, puede que sea la mejor, aún no lo sabemos, pero como buen mexicanos decimos: “a chingar a su madre”. Estamos en el hoy, no en el mañana. Tenemos muy claro que el mañana es incierto y eso nos deja a veces en jaque, pero ahora no.